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· Semanario N.º 7

RP

Pedro Lemebel: escribir sin pedir permiso

· · 5 min

Pedro Lemebel con gorro negro y gafas de sol, levantando el dedo medio ante la cámara.

La pobreza, el deseo y la memoria atravesaron su obra. Pero Lemebel fue mucho más que un personaje provocador: construyó una lengua capaz de contar un Chile que incomodaba tanto a la dictadura como a las buenas conciencias de la izquierda.

El 12 de octubre de 1989, Pedro Lemebel y Francisco Casas bailaron una cueca descalzos sobre un mapa de Sudamérica cubierto con vidrios rotos de botellas de Coca-Cola. La acción ocurrió en la Comisión Chilena de Derechos Humanos y se llamó La conquista de América. Retomaba la cueca sola de las familiares de detenidos desaparecidos y cruzaba las violencias de la conquista con las dictaduras del continente.

La escena permite entrar en el trabajo de Lemebel: una canción conocida, un cuerpo expuesto, una historia de violencia que vuelve a hacerse presente. La elaboración artística estaba en cada elemento. También el riesgo.

Con los años, su imagen se volvió reconocible: las cejas dibujadas, el maquillaje, los tacos. Esa figura abrió una grieta en la vida pública chilena. A veces, sin embargo, ocupa tanto espacio que deja sus libros en segundo plano. Conviene volver a ellos. Allí hay un escritor que trabajó el ritmo, el humor y la emoción hasta construir una voz difícil de confundir.

El barrio como lugar desde donde mirar

Pedro Mardones Lemebel nació el 21 de noviembre de 1952, junto al Zanjón de la Aguada, en Santiago. Hijo de Pedro Mardones, panadero, y de Violeta Lemebel, creció en condiciones de pobreza. Su familia se trasladó después a viviendas sociales en avenida Departamental. Con el tiempo eligió el apellido materno para firmar su obra.

La experiencia popular le dio materiales y una posición desde la cual observar. En sus crónicas, las calles tienen jerarquías, peligros y oportunidades distintas según quién las recorra. El deseo también depende de la plata, del barrio y de la posibilidad de encontrar un espacio propio.

Su escritura prestó atención a vidas que solían aparecer en el discurso público bajo la forma de un problema: la homosexualidad pobre, la noche, el comercio sexual, los cuerpos vigilados. Les dio voces, gestos, historias y una capacidad de reírse que impide leerlas únicamente desde la lástima. Destacamos esa exploración de la ciudad y su relación con la canción popular y el cine.

Lemebel tampoco apareció de pronto, convertido en una voz extraordinaria. Escribió cuentos, participó en talleres y encontró interlocutoras en redes literarias y feministas. Carmen Berenguer ha recordado esa formación y ha cuestionado la imagen simplificada del muchacho de población que llega, por una especie de milagro, al mundo de los libros.

La pregunta que también era para los compañeros

En 1986 leyó Hablo por mi diferencia en un encuentro político de izquierda en Estación Mapocho. Llevaba tacos y una hoz trazada con maquillaje sobre el rostro. El manifiesto cuestionaba qué lugar tendrían los homosexuales en el proyecto de sociedad que se estaba defendiendo.

La intervención conserva su fuerza porque dirige una pregunta hacia el propio espacio político. Lemebel enfrentaba la dictadura y, al mismo tiempo, discutía con quienes imaginaban la revolución desde una masculinidad que dejaba poco sitio para él.

Su diferencia no podía quedar pendiente hasta después de la victoria. Había que responder por ella mientras se hablaba de libertad.

Esa tensión nunca lo convirtió en un observador indiferente. En una entrevista de 2014 defendió la vigencia del marxismo y las causas de los detenidos desaparecidos. También afirmó que nunca había militado en un partido ni movimiento. Su cercanía con la izquierda convivía con una resistencia a obedecer sus formas y sus autoridades.

La amistad con Gladys Marín ocupa un lugar importante en esa historia. El libro póstumo Mi amiga Gladys, publicado en 2016 a partir de un proyecto que dejó encaminado, recoge el afecto, las experiencias compartidas y su mirada crítica sobre la transición.

Una escritura que también se escuchaba

Junto a Francisco Casas, Lemebel integró Las Yeguas del Apocalipsis. Sus performances abordaron sexualidad, derechos humanos y violencia política mediante acciones que alteraban los espacios donde ocurrían. Ese trabajo tiene una historia colectiva y una elaboración que la palabra «provocación», por sí sola, no alcanza a explicar.

En los años noventa, su obra como cronista encontró una circulación cada vez más amplia. La esquina es mi corazón, publicado en 1995, reunió textos aparecidos en medios como Página Abierta, Punto Final y La Nación. El libro mezcla experiencia personal, historias escuchadas y ficción: leerlo como si fuera una declaración autobiográfica literal empobrece su construcción literaria.

Radio Tierra fue otro espacio decisivo. En su programa Cancionero, la lectura de las crónicas convivía con canciones y sonidos. Buena parte de De perlas y cicatrices nació de esa experiencia radial. La música aportaba memoria y atmósfera; permitía que una historia se encontrara con los recuerdos de quienes escuchaban.

Su prosa lleva esa marca: puede cambiar de la burla al dolor sin abandonar la misma conversación. Hay imágenes recargadas, giros callejeros y sentimentalidad. El efecto depende de una escritura trabajada, capaz de encontrar el momento en que una frase deja de hacer reír.

Dos artistas vestidos de negro, con maquillaje y figuras de palomas blancas, en una fotografía en blanco y negro.

El amor dentro de la historia

En 2001 publicó Tengo miedo torero. La novela cuenta la relación entre la Loca del Frente y Carlos, un militante involucrado en la preparación del atentado contra Augusto Pinochet de 1986. La clandestinidad política se cruza con el deseo y con una relación atravesada por diferencias y expectativas.

Una de sus apuestas más fértiles consiste en desplazar la mirada hacia alguien que difícilmente habría ocupado el centro de un relato heroico tradicional. Desde esa posición, el amor tiene consecuencias políticas y la política entra en la intimidad.

Algo semejante ocurre al leer Loco afán: la experiencia del sida adquiere nombres, relaciones y memoria comunitaria. El duelo convive con el humor y con una atención a las desigualdades que atravesaron la enfermedad.

Volver a los libros

Lemebel recibió el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso en 2013. Murió el 23 de enero de 2015, a los 62 años, a causa de un cáncer de laringe. El reconocimiento alcanzado al final de su vida confirmó una obra que ya había encontrado lectores dentro y fuera de Chile.

Hoy resulta fácil reconocer su importancia y más difícil detenerse en las incomodidades de sus textos: la clase dentro de la diversidad sexual, la homofobia entre compañeros, la violencia que permanece detrás de los acuerdos políticos, el deseo que no cabe en una vida respetable.

Leerlo exige prestar atención también a sus decisiones literarias. A quién deja hablar, qué canción hace sonar, dónde introduce una broma y cuánto tarda en revelar una herida.

En La esquina es mi corazón, Santiago cambia según los cuerpos que la recorren. Volver a ese libro permite preguntarse qué ciudad estamos contando hoy y a quiénes seguimos dejando fuera.

Retrato en blanco y negro de una persona con pañuelo oscuro en la cabeza y las manos apoyadas bajo el mentón.

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